Reseña: Volumen 55 - La Guerra Fría

Reseña: Volumen 55 - La Guerra Fría



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Se piensa comúnmente que el ejército de los Estados Unidos en Vietnam, empujado a una guerra en la que el territorio ocupado no tenía sentido, dependía del recuento de cadáveres como su única medida de progreso militar. En No Sure Victory, el oficial e historiador del ejército Gregory A. Daddis descubre la verdad detrás de esta burda simplificación del registro histórico. Daddis muestra que, enfrentado a un enemigo desconocido y a una forma de guerra aún más desconocida, el Ejército de los EE. UU. Adoptó un sistema de medidas y fórmulas masivo, y eventualmente inmanejable, para rastrear el progreso de las operaciones militares que iban desde los esfuerzos de pacificación hasta la búsqueda y -destruir misiones. Concentrándose más en la recopilación de datos y menos en el análisis de datos, estos intentos indiscriminados de medir el éxito en realidad pueden haber obstaculizado la capacidad del ejército para evaluar el verdadero resultado de la lucha en cuestión, un obstáculo que Daddis cree que contribuyó significativamente a la multitud de fracasos que Estados Unidos Fuerzas enfrentadas en Vietnam. Lleno de análisis incisivos y ricos detalles históricos, No Sure Victory es un valioso estudio de caso en la guerra no convencional, una advertencia que ofrece perspectivas importantes sobre cómo medir el desempeño en conflictos armados actuales y futuros.

¿Cómo sucedió el levantamiento de la Nueva Izquierda de la década de 1960? ¿Qué hizo que millones de jóvenes, muchos de ellos ricos y con educación universitaria, decidieran de repente que la sociedad estadounidense necesitaba una reforma completa? En Smoking Typewriters, el historiador John McMillian muestra que una respuesta a estas preguntas se puede encontrar en el surgimiento de una prensa clandestina dinámica en la década de 1960. Siguiendo el ejemplo de periódicos como Los Angeles Free Press, East Village Other y Berkeley Barb, los jóvenes de todo el país lanzaron cientos de panfletos y volantes mimeografiados, pequeñas revistas de prensa y periódicos clandestinos. Las nuevas y baratas tecnologías de impresión habían democratizado el proceso de publicación y, al final de la década, la circulación combinada de periódicos clandestinos ascendía a millones. Aunque técnicamente no eran ilegales, estos periódicos a menudo eran genuinamente subversivos, y muchos de los que los producían y vendían, en las esquinas, en lecturas de poesía, inauguraciones de galerías y cafés, se convirtieron en blanco de acoso por parte de las autoridades locales y federales. Con escritores que participaron activamente en los eventos que describieron, los periódicos clandestinos capturaron el espíritu de la época de los años 60, hablando directamente a sus lectores y reflejando y magnificando el espíritu de protesta cultural y política. McMillian presta especial atención a las formas en que los periódicos clandestinos fomentaron un sentido de comunidad y desempeñaron un papel vital en la configuración de la "cultura del movimiento" de la Nueva Izquierda. Al poner a la prensa clandestina a la vanguardia, McMillian subraya el grado en que la energía política de la década de 1960 surgió de las bases, en lugar de la oficina nacional de Estudiantes por una Sociedad Democrática (SDS), que los historiadores de la época suelen destacar. Fumando máquinas de escribir, profundamente investigado y escrito con elocuencia, captura todo el idealismo juvenil y el tumulto vibrante de la década de 1960, ya que ofrece una brillante reevaluación de los orígenes y el desarrollo de la rebelión de la Nueva Izquierda.

Este libro llena la brecha entre los textos más extensos y detallados sobre la crisis de los misiles cubanos y las historias populares, en particular Thirteen Days (trece días) de Robert F. Kennedy (y la película para televisión de 2000 del mismo título). Munton y Welch han escrito un texto breve y legible que enfatiza el panorama general, responde las preguntas importantes y corrige las inexactitudes históricas de Trece días. Los autores hacen uso de fuentes recientemente disponibles de archivos estadounidenses y rusos para presentar las perspectivas soviéticas y cubanas en la crisis, que en el pasado no estaban disponibles o se habían minimizado.

En su discurso de despedida, Dwight D. Eisenhower advirtió a la nación de los peligros del complejo militar-industrial, pero Eisenhower había pasado su presidencia contribuyendo a otra colaboración de la Guerra Fría, menos conocida: el complejo espiritual-industrial. Este fascinante volumen sostiene que los líderes estadounidenses de la Guerra Fría temprana consideraban que el conflicto era profundamente religioso, que veían al comunismo no como impío, sino como una religión que luchaba entre la fe y la fe. Como resultado, utilizaron deliberadamente creencias e instituciones religiosas como parte del plan para derrotar al enemigo soviético. Jonathan Herzog ofrece un relato esclarecedor del complejo industrial-espiritual, haciendo una crónica de la retórica, los programas y las políticas que se convirtieron en sus señas de identidad. Herzog muestra cómo estos esfuerzos se desarrollaron en áreas de la vida estadounidense tanto predecibles como inesperadas, desde púlpitos y llamamientos presidenciales hasta campañas de fe nacional, cuarteles de entrenamiento militar, aulas de escuelas públicas y epopeyas de Hollywood. Finalmente, revela que si el complejo espiritual-industrial se desvaneció en la década de 1960, sus ecos todavía se podían escuchar en la década de 1980 de Ronald Reagan.


Autonomía científica, responsabilidad pública y el auge de la "revisión por pares" en los Estados Unidos de la Guerra Fría

Este ensayo traza la historia del arbitraje en revistas científicas especializadas y en organismos de financiación y muestra que no fue hasta finales del siglo XX cuando la revisión por pares llegó a ser vista como un proceso fundamental para la práctica científica. A lo largo del siglo XIX y gran parte del XX, los informes de los árbitros externos se consideraron una parte opcional de la edición de revistas o la concesión de subvenciones. La idea de que el arbitraje es un requisito para la legitimidad científica parece haber surgido primero en los Estados Unidos de la Guerra Fría. En la década de 1970, a raíz de una serie de ataques a la financiación científica, los científicos estadounidenses se enfrentaron a un dilema: había una presión cada vez mayor para que la ciencia fuera responsable ante quienes la financiaban, pero los científicos querían asegurar su influencia continua sobre las decisiones de financiación. Los científicos y quienes los apoyan consideran que el arbitraje experto, o "revisión por pares", como se llama cada vez más, es el proceso crucial que garantiza la credibilidad de la ciencia en su conjunto. Sacar las decisiones de financiación de las manos de los expertos, argumentaron, sería una corrupción de la ciencia misma. Esta elevación pública de la revisión por pares reforzó y difundió la creencia de que solo la ciencia revisada por pares era científicamente legítima.


El nuevo y magistral relato de Norman Stone sobre la guerra fría expone sus puntos recurriendo tanto a factores empíricos

Permaneció en estado en el palacio presidencial durante demasiado tiempo, dado el calor y el corte de energía, y luego fue escoltado a un vasto mausoleo. Hubo algunas alarmas en la multitud mientras se arrastraba por el polvo y los surcos. . . los balcones de madera, sobrecargados de espectadores, soltaban a veces crujidos de pistolas y una pequeña ráfaga de viento, un tornado en miniatura, de repente barría la basura de la calle en una columna.

Esta descripción líricamente surrealista del funeral del presidente haitiano "Papa Doc" Duvalier en 1971 marca el tono de gran parte de la historia personalísima de Norman Stone sobre la guerra fría. A menudo, apoyándose en la observación de primera mano, captura, a la manera de un novelista, las efímeras epifanías que acompañan a los acontecimientos públicos. Su imagen de la curiosa normalidad que durante un tiempo siguió a la partida de Duvalier (las expediciones de compras que organizó la esposa de Baby Doc para ella y sus amigos, los planes para promover la industria ligera en una tierra asolada por la pobreza fomentando la costura de pelotas de béisbol) se concentra en unos pocos traza el estilo de vida decadente y precario que Graham Greene describió extensamente en Los comediantes.

El ojo de Stone para los detalles reveladores le da a su relato de los años de la guerra fría un borde de autenticidad que falta en las historias más convencionales. La historia al estilo de Eric Ambler que cuenta está más cerca de los cambios y vueltas de la historia que las negociaciones con cara de póquer y los enfrentamientos de madera que aparecen en los estudios académicos y las memorias diplomáticas. El propio Stone se convirtió en un personaje de la historia cuando, en un episodio enredado, terminó en la cárcel en Checoslovaquia durante tres meses en 1964 después de intentar sacar de contrabando a una supuesta víctima de persecución fuera del país en el asiento trasero de un automóvil. En una "Nota" de diez páginas, Stone describe su experiencia como "en el modo Prisionero de Zenda". Sin embargo, puede haberse sentido en ese momento - él caracteriza su yo más joven e inexperto como "Un idiota. Pero útil" - debe haber sido una introducción esclarecedora al lado absurdo de la lucha que dividiría al mundo durante otro cuarto de siglo.

Una cautivadora mezcla de gran narrativa y viñetas autobiográficas, El Atlántico y sus enemigos es el único libro que todo aquel que quiera entender la guerra fría tal como se desarrolló debe leer. Usando su vasto pero ligeramente desgastado conocimiento, Stone evoca el invierno de 1946-47 ("una catástrofe de hielo y nieve"), el Plan Marshall, la muerte de Stalin, Khrushchev y Berlín-Cuba-Vietnam, los años sesenta, Nixon en China, "la enfermedad británica", Reagan y Thatcher, el colapso del comunismo y el fin de la historia que siguió. Se cubre prácticamente todo lo importante que ocurrió durante estos años, con secciones extensas también dedicadas a Turquía (donde ahora vive el autor).

No cabe duda de que la versión de los eventos que presenta Stone a menudo enfurecerá a los lectores progresistas de izquierda y derecha. Los neoconservadores beligerantes, tanto como los melioristas liberales moderados, ven la historia como un proceso esencialmente redentor, en el que la humanidad lucha por emanciparse del atraso y la opresión. Un ferviente admirador de su compañero escocés David Hume, Stone ve las cosas de manera más realista. Una sucesión de contingencias, la historia es a menudo trágica, pero más a menudo surrealistamente absurda.

Stone aplica este empirismo desmitificador a las luchas más memorables del último medio siglo. Presenta un relato comprensivo de las intenciones estadounidenses en la guerra de Vietnam, demasiado comprensivo, en mi opinión, dada la repetición en curso de esa desastrosamente mal concebida aventura en Afganistán. Puede que esté en un terreno un poco más firme al sugerir que el derrocamiento de Salvador Allende no fue la simple lucha de la luz con las fuerzas de la oscuridad que ha entrado en el folclore de izquierda (el embajador de Estados Unidos en Chile en el momento del golpe no estaba personalmente en favor de la intervención estadounidense). Del mismo modo, la caída del comunismo no fue el levantamiento espontáneo celebrado por la derecha occidental; como informa Stone, muchas de las manifestaciones que precedieron al colapso fueron orquestadas, sobre todo en Rumania, por elementos dentro de los regímenes comunistas. Si hay una moraleja en el cuento de Stone, es que las revoluciones rara vez son del todo sin guión, pero la historia se equivoca de todos modos. Esta puede ser una opinión bastante desconcertante y, sin embargo, tiene el mérito de ser cierta.

Stone no pretende ser más que partidista, y hay ocasiones en las que renega del empirismo admirablemente escéptico que da forma a su visión de los acontecimientos históricos. "Todavía no estoy seguro de la interpretación whig de la historia inglesa", nos dice. Sin embargo, a veces hay un sentimiento claramente whiggish en su relato de la "batalla de tres picos" que se libró durante los años de la guerra fría "entre el fascismo, el comunismo y lo que, a falta de una palabra más precisa, tenemos que llamar liberalismo, es decir, la democracia de libre mercado de la que Estados Unidos se convirtió en el representante preeminente ".

Esto no se debe a que Stone caiga en la trampa de asumir la inevitabilidad histórica. En el caso de China, por ejemplo, ve claramente que no hubo nada predeterminado en la victoria de Mao: los nacionalistas cometieron errores innecesarios, mientras que los comunistas "fueron en efecto salvados por los estadounidenses" cuando sus enviados puritanos y bufones Chiang Kai-Shek. Taiwán, "la China alternativa", muestra lo que podría haber sido el continente si las circunstancias hubieran sido diferentes. Aquí, Stone tiene una razón pasada de moda. La pequeña isla de Taiwán, la decimosexta nación comercial más grande del mundo, ha logrado una versión de modernización que probablemente sea más estable que el régimen posmaoísta por el que parece destinada a ser absorbida. Pero se extravía cuando escribe: "Las verrugas son horribles ... pero el Atlántico ganó, y ahora se está extendiendo a, de todos los lugares, China".

Cualquiera que sea el resultado del extraordinario experimento chino, una cosa es segura: China ya no está emulando ningún modelo occidental. El maoísmo era una ideología occidentalizante y, aunque, por razones de continuidad del régimen, el marxismo y, de hecho, Mao todavía son oficialmente venerados, Occidente fue destronado en China cuando el maoísmo fue rechazado.

La guerra fría, además de ser una lucha geopolítica a la antigua, fue una disputa familiar entre las ideologías occidentales. Como suele ocurrir, el final del conflicto no dejó al ganador más fuerte. En cambio, ha dejado a Occidente inseguro de su identidad y superado por las nuevas versiones de la modernización que no han comprado el culto caprichoso del libre mercado. La derrota del comunismo durante lo que Stone describe como "los años ochenta" no fue un logro menor. Pero los años ochenta también fueron una época de ilusión, un punto final en lugar de, como imaginaban fantasiosos como Francis Fukuyama, el preludio de un nuevo orden mundial de 1.000 años. Debajo de la música fuerte y triunfal, un oído agudo no podía dejar de detectar la risa burlona de los dioses. Es un sonido que resuena a través del rico, exuberante y melancólico libro de Stone.

El Atlántico y sus enemigos: una historia personal de la Guerra Fría
Piedra normanda
Allen Lane, 668pp, £ 30

John Gray es el revisor principal del New Statesman. Su último libro, "Grey's Anatomy: Selected Writings", está publicado en rústica por Penguin (£ 10,99).


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El manual de Oxford de la Guerra Fría

El manual de Oxford de la Guerra Fría ofrece una reevaluación amplia de la época bélica basada en nuevos marcos conceptuales desarrollados en el campo de la historia internacional. Cerca del 25 aniversario de su fin, la guerra fría emerge ahora como un período distinto en la historia del siglo XX, pero que debe evaluarse dentro del contexto más amplio de los desarrollos políticos, económicos, sociales y culturales mundiales.

Los editores han reunido a destacados académicos en la historia de la guerra fría para ofrecer una nueva evaluación del estado del campo e identificar preguntas fundamentales para futuras investigaciones. Los capítulos individuales de este volumen evalúan tanto el alcance como los límites del alcance de la guerra fría en la historia mundial. Cuestionan las formas ortodoxas de ordenar la cronología de la guerra fría y también presentan nuevos conocimientos sobre la dimensión global del conflicto.

Aunque cada ensayo ofrece una perspectiva única, juntos muestran la interconexión entre la guerra fría y los desarrollos nacionales y transnacionales, incluidos los conflictos de larga data que precedieron a la guerra fría y persistieron después de su final, o las transformaciones globales en áreas como los derechos humanos o la economía. y globalización cultural. Debido a su amplio mandato, el volumen no está estructurado a lo largo de líneas cronológicas convencionales, sino temáticamente, y ofrece ensayos sobre marcos conceptuales, perspectivas regionales, instrumentos de la guerra fría y desafíos de la guerra fría. El resultado es un relato rico y diverso de las formas en que la guerra fría debe ubicarse dentro del contexto más amplio de la historia mundial.


Reseña: Volumen 55 - La Guerra Fría - Historia

Esta charla de Douglas P. Horne es parte de la conferencia en línea The National-Security State y la Administración Kennedy https://www.fff.org/national-security….

¿Quiénes fueron los principales oponentes y adversarios de JFK dentro de su propio gobierno, con respecto a la elaboración de la política exterior en el apogeo de la Guerra Fría con la Unión Soviética? ¿Cómo cambió su enfoque general de la Guerra Fría durante su presidencia y por qué? Dado que la historia de portada de un asesino "loco" disparando desde detrás de la limusina de JFK no está respaldada por la evidencia médica, un examen de los serios conflictos internos dentro de su propia administración sobre la "fabricación de la salchicha" de la política exterior es extraordinariamente relevante. a lo que realmente sucedió en Dealey Plaza en noviembre de 1963.

Los eruditos serios deberían examinar en profundidad la serie completa de cinco volúmenes de Douglas P. Horne Dentro de la Junta de Revisión de Registros de Asesinatos: el intento final del gobierno de EE. UU. De reconciliar la evidencia médica contradictoria en el asesinato de JFK. Es un trabajo fenomenal de brillantez y la más alta integridad.

Horne es el ex analista jefe de registros militares de la Junta de Revisión de Registros de Asesinatos (ARRB), establecida por la Ley de Registros JFK de 1992, que tenía la tarea de definir, ubicar y garantizar la desclasificación (en la mayor medida posible según la Ley JFK ) de todos los registros federales considerados "razonablemente relacionados" con el asesinato del presidente John F. Kennedy. Horne detalla las numerosas anomalías y la cadena de custodia interrumpida y la destrucción de pruebas clave con respecto al cuerpo del presidente, en los informes de la autopsia, la colección de fotos de la autopsia (en particular las fotografías del cerebro de JFK), la alteración deliberada y la falsificación de la película de Zapruder existente. y la supuesta "bala mágica" encontrada en el Parkland Hospital de Dallas. Mire la serie documental de cinco partes definitiva de Douglas P. Horne que resume su investigación excepcional, Historia alterada: exponer el engaño y el engaño en el JFK, evidencia médica de asesinato. Horne también ha escrito el conciso volumen de resumen autorizado,Guerra de JFK con el sistema de seguridad nacional: por qué Kennedy fue asesinado.

    - Documental de Douglas P. Horne - Documental de Douglas P. Horne - Documental de Douglas P. Horne - Documental de Douglas P. Horne - Documental de Douglas P. Horne - Artículo de Douglas P. Horne - Artículo de Douglas P. Horne - Documental

Mientras se desempeñaba como analista jefe de registros militares en la Junta de Revisión de Registros de Asesinatos en 1997, Douglas P. Horne descubrió que la Película Zapruder fue examinada por el Centro Nacional de Interpretación Fotográfica de la CIA dos días después del asesinato del presidente Kennedy. En esta película, Horne entrevista al legendario intérprete de fotografía de NPIC Dino Brugioni, quien habla por primera vez sobre otro examen de NPIC de la película el día después del asesinato. Brugioni no sabía sobre el segundo examen y cree que la película de Zapruder en los archivos de hoy no es la película que vio el día después del asesinato. Basándose en el Volumen 4 de su libro “Inside the ARRB”, Horne introduce el tema y presenta sus conclusiones.


Repensar el pasado

La beca no se trata solo de descubrir lo nuevo. También se trata de desafiar lo viejo, o más bien, lo que pensar Ya sabemos. Esto puede ser difícil, incluso controvertido, y nunca más que cuando el tema que se está reexaminando y revisando es nuestra propia historia. Es fácil olvidar que la historia no es simplemente un relato de lo que ha sucedido, sino también la forma en que decidimos recordar, contar y dar sentido al pasado.

A menudo tenemos en la cabeza narrativas estilizadas del pasado que creemos que son inexpugnables. Pídale a un observador inteligente que describa la historia del compromiso de Estados Unidos con el mundo después de 1945, y él o ella podría ofrecer una historia clara y bifurcada: hubo la Guerra Fría y la era posterior a la Guerra Fría. La Guerra Fría probablemente se identificaría como un conflicto geopolítico e ideológico ininterrumpido entre la Unión Soviética y los Estados Unidos que comenzó poco después de que terminó la Segunda Guerra Mundial y terminó con las revoluciones en Europa del Este en 1989. El analista podría sugerir que Estados Unidos prevaleció al perseguir implacablemente la estrategia de contención de décadas, articulada por George Kennan en su "Long Telegram" de 1946. Con el colapso del Muro de Berlín y, finalmente, la propia Unión Soviética, Estados Unidos cambió rápidamente, como la película El mago de Oz, del blanco y negro al color y a algo completamente diferente: el momento hegemónico y unipolar de Estados Unidos y el surgimiento del internacionalismo liberal.

Tras un examen más detenido, esta representación perfecta oscurece tanto como revela. La versión de Kennan de la contención política y económica fue abandonada como un fracaso a principios de la década de 1950, reemplazada por una postura militar más musculosa que pasó el resto de su carrera despreciando. Dos períodos de confrontación especialmente intensos en los que la guerra global era una posibilidad clara, de 1949 a 1953 y de 1958 a 1962, se interpusieron entre períodos más largos de competencia a fuego lento y distensión ocasional e incluso cooperación. Incluso cuando las administraciones subsiguientes trabajaron para diseñar estrategias de seguridad nacional integrales y efectivas, como narra hábilmente el artículo de Paul Lettow en este número, las políticas de Estados Unidos cambiaron mientras los presupuestos de defensa subían y bajaban y subían de nuevo, en un ritmo impulsado tanto por las vicisitudes de la política doméstica como por las de la política nacional. por cualquier plan coherente a largo plazo. En 1979, pocos habrían evaluado que Estados Unidos estaba a la cabeza en la competencia con la Unión Soviética, por no hablar de estar preparado para finalmente prevalecer, y en 1986, menos aún habrían predicho que la gran rivalidad pronto se vería afectada. para siempre. Estados Unidos no pareció ser especialmente hegemónico en los primeros años de la era posterior a la Guerra Fría: las perspectivas económicas de Estados Unidos parecían inciertas y la gran estrategia estadounidense tropezó, pareciendo ineficaz contra enemigos políticos de grandes potencias tan notorios como los rebeldes somalíes, los hutus ruandeses , Haití y Serbia.

El revisionismo histórico, el tipo que nos desafía a desafiar e interrogar suposiciones fuertemente arraigadas sobre el pasado, ayuda a presionar contra nuestra tendencia natural, aunque algo inútil, hacia el sesgo retrospectivo o de resultados: dado que sabemos cómo terminó una historia como la Guerra Fría, podemos No ayuda, pero construye una narrativa ordenada de la inevitabilidad. El revisionismo también nos permite complicar nuestra comprensión de la cronología y la periodización. La narrativa convencional de las relaciones internacionales de la posguerra y la gran estrategia de Estados Unidos se centra en Europa y la competencia entre Estados Unidos y la Unión Soviética. La realidad de la política mundial después de 1945 fue mucho más desordenada, y una variedad de fuerzas, como la descolonización y el surgimiento de nuevas naciones, rivalidades y conflictos regionales, integración europea y eventual unión, el surgimiento del Islam político y la globalización y las finanzas, las telecomunicaciones y los derechos. Las revoluciones dieron forma a los asuntos globales tanto, si no a veces más, que la rivalidad entre las superpotencias de la Guerra Fría.

El problema con una narrativa simplista de la Guerra Fría / posterior a la Guerra Fría se expone en el fascinante reexamen de Samuel Helfont de la Guerra del Golfo de 1991. La sabiduría convencional ve la guerra como un triunfo militar de Estados Unidos que exorcizó a los demonios de la guerra de Vietnam y ayudó a establecer la práctica de la seguridad colectiva mientras revitalizaba las instituciones globales para un orden internacional liberal liderado por Estados Unidos. Este panorama, sin embargo, se vio empañado por un régimen de sanciones posconflicto que empobreció al pueblo iraquí sin derrocar al brutal régimen baazista de Saddam Hussein, dañando la imagen global de Estados Unidos y dividiendo la coalición en tiempos de guerra. La Guerra del Golfo fue solo el comienzo de mayores dificultades en una región que ha sido causa de mucho dolor para Estados Unidos desde entonces.

Repensar la Guerra del Golfo también complica el tema de la periodización, o cómo marcamos y definimos las eras históricas. Para muchos, la Guerra del Golfo fue el primer evento importante del mundo posterior a la Guerra Fría. Sin embargo, otra forma de ver el conflicto fue como consecuencia y culminación de la dinámica política que se había estado gestando en la región durante años. Las dos fechas clave aquí son 1967 y 1979. Hasta mediados de la década de 1960, el Medio Oriente no era una gran prioridad estratégica para los Estados Unidos, muy por detrás de Europa, Asia Oriental e incluso América Latina en importancia. Gran Bretaña fue la principal presencia occidental en la región. La Guerra de los Seis Días de 1967 cambió todo eso. La Unión Soviética pareció buscar una mayor influencia en el Medio Oriente, proporcionando armas e incitando a los estados clientes Egipto y Siria, mientras que las cargas financieras y monetarias obligaron a Gran Bretaña a reducir drásticamente su huella. Atrapado en una guerra imposible de ganar en el sudeste asiático, Estados Unidos podría hacer poco por sí solo para contrarrestar la táctica soviética. Si bien Israel se impuso fácilmente en el conflicto, la preocupación de Estados Unidos por la influencia regional soviética lo llevó a establecer vínculos estratégicos más profundos con Israel, Arabia Saudita e Irán. En una década, los esfuerzos de Estados Unidos para revertir la influencia soviética en la región habían tenido un gran éxito, pero a un costo elevado: el Medio Oriente se había elevado como una gran prioridad estratégica, mientras que Estados Unidos se había vinculado más a regímenes posiblemente problemáticos y aún más problemáticos. , dinámica regional compleja. Esto dejó a Estados Unidos expuesto durante la Revolución Islámica de 1979 en Irán, que no solo transformó a Irán sino también a la política más amplia de la región. Desde este punto de vista, la Guerra del Golfo no fue el comienzo limpio y rotundo de una nueva era, sino el interludio desordenado de un complejo compromiso estadounidense cuya relación con la Guerra Fría era incierta.

De manera similar, Lindsey Ford y Zach Cooper nos obligan a repensar la periodización y las historias estilizadas en su excelente análisis de lo que 1969 puede enseñarnos hoy. La administración de Nixon, que se estaba recuperando de la guerra de Vietnam, enfrentando poderosos pedidos internos de reducción y con la esperanza de restablecer la gran estrategia estadounidense de una manera más sostenible, declaró que sus aliados en el este de Asia tenían que hacer más para garantizar su propia seguridad. Ford y Cooper revelan los diferentes caminos que tomaron los diferentes países de la región en respuesta a este mandato, que van desde acercarse a Estados Unidos hasta acomodarse a las potencias amenazadoras de la región.

La doctrina de Nixon sobre Guam reflejaba la Guerra Fría y las dinámicas regionales en Asia oriental que eran muy diferentes a las de Europa. Corea estaba dividida, Vietnam un desastre, alianzas integradoras como la OTAN y la Unión Europea esquivas, y China, después de 1972, un aliado de conveniencia. Como nos recuerda Adam Tooze, "El simple hecho es que Estados Unidos no prevaleció en la Guerra Fría en Asia". Como reveló la despiadada masacre de manifestantes por parte del Partido Comunista en la Plaza de Tiananmen, Beijing no compartía la visión estadounidense de la historia y el orden mundial. La dirección del Partido Comunista estaba obsesionada, entonces y ahora, con evitar lo que consideraba los graves errores de la Unión Soviética en la competencia de la Guerra Fría con Estados Unidos. Al observar la rivalidad actual con China, Tooze sugiere:

El error al pensar que estamos en una "nueva Guerra Fría" es pensar en ella como nueva. Al poner punto y final después de 1989 declaramos prematuramente una victoria occidental. Desde el punto de vista de Beijing, la historia no tuvo fin, sino una continuidad, no ininterrumpida, no es necesario decirlo, y que requiere una reinterpretación constante, como lo hace cualquier tradición política viva, pero una continuidad a pesar de todo.

En otras palabras, la Guerra Fría no solo se desarrolló de manera diferente en el este de Asia que en Europa, la historia, el significado y las lecciones del conflicto se entienden de manera muy diferente en Beijing que en Washington DC China, sin duda, tiene las lecciones de la historia de la Unión Soviética-Estadounidense La rivalidad de la Guerra Fría en mente, ya que se refleja en la utilidad de las guerras por poderes como una herramienta de competencia política entre las grandes potencias. El análisis de Dominic Tierney sobre el futuro de la guerra de poder entre China y EE. UU. Proporciona una manera excelente de evaluar tales conflictos, en caso de que surjan como él espera.

El revisionismo histórico se puede aplicar no solo a eventos, sino a instituciones y prácticas. Desde el 11 de septiembre, como nos recuerdan Susan Bryant, Brett Swaney y Heidi Urben, el ejército ha gozado de una estima especialmente alta dentro de la sociedad estadounidense. Pero como revela su fascinante encuesta, tal excepcionalismo puede tener un costo: la noción de ciudadano-soldado no ideológico, tan arraigada y apreciada, da paso a un miembro del servicio más politizado y quizás aislado. Jim Golby y Hugh Liebert sugieren que las lecciones de la historia antigua, en particular las obras clásicas de Platón, Aristóteles y Polibio, pueden proporcionar una mejor comprensión y una guía de las importantes normas del control civil de las fuerzas armadas.

My guess is that, like me, you will come away from this issue with a mix of reactions, from nodding acknowledgement to seeing an old problem in a different way to a fierce desire to contact the authors and argue with them. That is the desired outcome for any good journal. Challenging and revising history — and the assumptions and myths behind that history — is rarely comfortable, especially as the past provokes strong feelings for many people. I have long thought that an underappreciated but important measure of a nation’s underlying social and civic health is its ability to tolerate, and even encourage, historical revisionism. It is easy to forget how hard — and how rare — it is to create an intellectual, political, and socio-cultural environment that encourages a willingness to challenge any conviction, no matter how widely shared or deeply held. The results are often messy and contentious and unpopular. It is well worth the price, however. Historical revisionism —to ruthlessly examine and wrestle with our most treasured beliefs and assumptions — is a critical path to humility, understanding, and wisdom.

Francis J. Gavin is the chair of the editorial board of the Texas National Security Review. He is the Giovanni Agnelli Distinguished Professor and the inaugural director of the Henry A. Kissinger Center for Global Affairs at SAIS-Johns Hopkins University. His writings include Gold, Dollars, and Power: The Politics of International Monetary Relations, 1958-1971 (University of North Carolina Press, 2004) and Nuclear Statecraft: History and Strategy in America’s Atomic Age (Cornell University Press, 2012) y Covid-19 and World Order (Johns Hopkins University Press, 2020) co-edited with Hal Brands. Su último libro es Nuclear Weapons and American Grand Strategy (Brookings Institution Press, 2020).


Ex-Ranger's tragic journey: From 1980 Olympic hero to a mental facility 40 years later

“Do you believe in miracles?” Al Michaels famously asked the nation after the USA Olympic hockey men’s team’s improbable 4-3 victory against the Soviet Union on February 22, 1980, at Lake Placid. It likely remains the most famous call in sports history.

Michaels answered his own question with an emphatic “Yes!” And as a 10-year old Long Island kid, I definitely concurred. The victory over the Soviet team left an indelible mark on me, not merely because it was a legitimately exhilarating sporting event, but because I witnessed a spontaneous outpouring of patriotism that wouldn’t be repeated until 9/11 — and then, only in the face of tragedy.

By 1980, Americans had somehow become the underdogs — or, at least, they began to think of themselves as ones. It’s no exaggeration to say that the 1970s had been a decade of frustration, of cultural lethargy, of rising criminality, of institutional failures, of perceived decline, and of sometimes crippling self-doubt. In the midst of a Cold War, in the midst of economic malaise, Americans hadn’t had a ton to celebrate.

In 1980, America and the Soviet Union — led by Leonid Brezhnev, here with then-President Jimmy Carter — were locked in the Cold War. Corbis/VCG via Getty Images

The game at Lake Placid may not have sparked the American revival but, in many ways, it would become the demarcation line between the sad-sack ’70s and economic renewal of the 1980s. The mystique of the moment would endure for a generation that grew up to see Soviet Union’s ignoble end.

I remember being swept up in the snowballing excitement of the tournament as the US first tied Sweden, then upset the favorite Czechoslovakians, before winning the “Miracle on Ice” game against Russia, and finally taking the gold by beating Finland.

Or at least, I retroactively remember myself in front of the TV cheering on Jim Craig and Mark Johnson and Rob McClanahan every step of the way. It’s highly possible, of course, that I was merely watching highlights and tape-delay moments offered by ABC in those largely pre-cable and pre-Internet days.

Team USA celebrates their incredible 4-3 victory over the Soviet Union, which was dubbed “The Miracle on Ice.” Getty Images

It doesn’t really matter. Legend should be impervious to details. To me, a kid whose parents had defected from Hungary to flee communism, the Soviets were malevolent creatures — grizzled cogs in a state-controlled team of super athletes, who dominated the world with their uncanny speed, size and precision. (Years later I would be lucky enough to have a conversation about the game with one of the Soviet players and let’s just say, the Russians did love their children, too.)

The Americans were kids, college students born in Massachusetts or Minnesota, brought together for only six months. Leading them was the stoic Herb Brooks, the future coach of the New York Rangers and New Jersey Devils. These were strangers, and yet I felt a weird kinship toward them.

It’s worth remembering, as well, that in 1980, the sport of hockey, which had never really come close to competing with the big three for fans, was even less recognizable to the average American than it is today. In the pre-Wayne Gretzky years, the sport was often portrayed, not without reason, as an orgy of brawling toothless goons rather than one of speed, skill and beauty. The only reason Michaels had even gotten the job of calling the hockey games at Lake Placid was that no other ABC announcer had really understood the game.

Rob McClanahan, Mark Johnson and goalie Jim Craig (from left) became instant heroes for a young Harsanyi watching as a 10-year-old in his Long Island living room.

That would all change soon. Everything seemed to change.

That was 40 years ago now. Considering the partisan rancor that has infected much of American life these days, the prospects of a collective and unbridled patriotism seem farther away than ever. In a free nation, there’s nothing abnormal about disagreement or vigorous debate. There are some things, however, that should bind us. Sports can do that. It did back then. Or at least, that’s how I remember it.

David Harsanyi is a senior writer at National Review. Twitter: @DavidHarsanyi


The Soviet-American Arms Race

John Swift examines a vital element of the Cold War and assesses the motives of the Superpowers.

The destruction of the Japanese cities of Hiroshima and Nagasaki by American atomic weapons in August 1945 began an arms race between the United States and the Soviet Union. This lasted until the signing of the Conventional Forces in Europe treaty of November 1990. An entire generation grew up under the shadow of imminent catastrophe. There were widespread fears that humanity could not survive. A single reckless leader, or even a mistake or misunderstanding, could initiate the extinction of mankind. Stockpiles of fearsome weapons were built up to levels far beyond any conceivable purpose, and only seemed to add to the uncertainty and instability of the age. Did Cold War leaders act irrationally through fear and distrust? Or was there a degree of rationality and reason behind the colossal arms build-up?

A New Superweapon?

The rapid surrender of Japan in 1945 certainly suggested that the United States possessed the most decisive of weapons. Indeed there is reason to suspect that the real purpose in using them was less to force a Japanese defeat than to warn the Soviet Union to be amenable to American wishes in the construction of the postwar world. As an aid to American diplomacy, however, the possession of atomic weapons proved of little value. The Soviet leadership quickly realised their limitations. The Americans, it was clear, would use them in defence of Western Europe in the face of a Soviet invasion – a step Joseph Stalin never seems to have seriously contemplated – but no American government could justify their use in order to force political reforms on Eastern Europe. Arguably Right: The test explosion of an American nuclear bomb in the Marshall Islands. John Swift examines a vital element of the Cold War and assesses the motives of the Superpowers. Soviet leaders became even more intransigent in negotiations, determined to show they would not be intimidated. Also, it was certain that the Soviet Union would develop atomic weapons of their own, and as rapidly as possible. This, the Americans assumed, would take between eight and 15 years, given the wartime devastation the Soviet Union had suffered.

This left the Americans to ponder the problems of security in an atomicallyarmed world. A single weapon could destroy a city. Also wartime experience had shown that there had been no defence against German V2 rockets. If, therefore, a warhead could be mounted on such a rocket, it would surely provide instant victory. Additionally, the Japanese attack on Pearl Harbor had taught that the surprise attack was the tool of aggressors. Peace-loving democracies would be terribly vulnerable. In consequence, some thought was given to international controls, under the auspices of the United Nations, to prevent any nation possessing these weapons. This was the basis of the Baruch Plan.

In 1946 American financier, and presidential adviser, Bernard Baruch proposed the dismantling of American weapons, international prohibition on the production of any more, and international co-operation in developing atomic energy for peaceful use under the strict supervision of an international body. But the Soviet Union would have to submit to that inspection regime, and the United States would not share its weapons technology. It is unclear how seriously president Harry S. Truman and his administration took these proposals. They sounded pious, and when the Soviet Union rejected them, which they did, the Americans scored considerable propaganda points – which may have been the whole point of the exercise.

Without international controls, the only defence seemed to be to threaten retaliation in kind if an atomic attack was ever made on the United States or its allies. As it proved extremely difficult to develop long-range missiles that were sufficiently reliable and accurate, initially that deterrence was provided by B36 bombers stationed in Britain and the Far East. But the Soviet Union tested its first atomic weapon in 1949, far earlier than had been expected. The shock of this made American stockpiles of nuclear bombs seem unconvincing. Truman, therefore, authorised the development of thermonuclear weapons, or hydrogen bombs. These yielded explosions of ten megatons (equivalent to 10,000,000 tons of TNT, whereas the bomb used on Hiroshima yielded the equivalent of 12,500 tons). But by 1953, the Soviet Union had caught up again. Meanwhile the United States began building its first effective long-range missile force. These included the Atlas and Titan ICBMs (Intercontinental Ballistic Missiles), the Jupiter and Thor IRBMs (Intermediate Range Ballistic Missiles) and the Polaris SLBM (Submarine Launched Ballistic Missile). The Americans maintained a technological lead over the Soviet Union, but this did not always appear to be the case. In October 1957 the Soviets launched Sputnik 1, the world’s first artificial satellite. This shocked the American public, who were unused to the thought of being within range of Soviet weapons, which they now seemed to be.

The Soviet leader, Nikita Khrushchev, made much of his nation’s technological prowess. In fact the technological lead and the strategic balance remained very much in America’s favour – but that did not prevent the American public believing in the existence of a ‘missile gap’ in favour of the Soviet Union. This in turn led John F. Kennedy, when he became president in 1961, to expand American missile forces much further. Kennedy’s presidency also saw the world stand on the brink of nuclear war during the Cuba Missile Crisis of October 1962. In its wake his Defence Secretary, Robert McNamara, moved to the strategy of MAD (Mutual Assured Destruction). This was intended to provide a degree of stability by accepting the complete destruction of both sides in an atomic exchange. Nothing could be done to prevent a devastating nuclear attack but the retaliation would still be launched, and both sides would suffer equally. This idea of mutual deterrence did have some advantages. If ICBMs were dispersed to hardened silos, and the SLBM fleet sufficiently undetectable, then enough would survive to retaliate. A surprise attack would benefit nobody. Also it would render it unnecessary to keep building ever more missiles, just to retain a degree of parity. It would thus surely make some form of negotiated limits on missile numbers possible.

Criticism of Mutual Deterrence

There were aspects of MAD that many found objectionable. Future president Ronald Reagan felt it was defeatist, and held that the United States should be defended, whereas proponents of MAD insisted it could only work if deterrence was mutual and both sides remained equally vulnerable. Peace campaigners had other concerns. MAD seemed to offer only a perpetual threat of war. They feared that in such circumstances, war could not be avoided permanently. Despite the best intentions of political leaders, a mistake or an accident must at some point push the world over the edge. Also there were arguments that deterrence did not keep the peace, but caused war. Deterrence required not only ability (the possession of the weapons), it also needed the perception of resolve (the other side must believe in the willingness to actually launch the missiles if necessary). This in turn required both sides to show resolve. The best way to show willingness to launch death and destruction on a world scale, was to launch it on a smaller scale. Thus many of the wars of the Cold War, it was argued, such as Vietnam and Afghanistan, were caused, at least in part, by the deterrence strategy.

Peace campaigners were also among those who addressed the question of how much deterrence was needed. During the Cuba Missile Crisis, Kennedy had the option of launching air-strikes to destroy the missiles in Cuba. But when he learned that a handful of them were likely to survive, he rejected that option for fear they might be launched. A little deterrence obviously can go a long way. Yet by the mid 1970s peace research groups, such as the Stockholm International Peace Research Institute, were variously reporting that enough atomic weaponry had been stockpiled to exterminate humanity 690 times. At the same time, work on chemical and biological warfare (CBW) was making rapid progress. Diseases such as anthrax and glanders, which could kill virtually everyone who contracted them, could easily be spread. Other biological agents could target livestock or crops to cause famine. The risks of an epidemic destroying its originators merely added to the inherent horrors of such weapons.

Strategic Arms Limitation Talks (SALT)

That some form of agreement over missile numbers would have to be found was obvious. The greater the stockpiles of weapons, the more horrifying the potential consequences of escalating confrontations became. Even the development of small-yield, tactical, or battlefield nuclear weapons did little to suggest that even a limited nuclear engagement would be less than catastrophic. In the 1950s the United States Army undertook military exercises, such as operations Sage Brush and Carte Blanche, to see if such weapons could be used to defend West Germany from Soviet invasion. The conclusion reached was that they might – but only after West Germany had virtually ceased to exist. As early as the mid 1950s it was generally accepted that in a nuclear war the concept of a victory was ludicrous. There developed a widespread pessimism that in a post-nuclear war world, suffering destruction, chaos, nuclear fallout, famine and disease, the survivors would envy the dead.

Some steps to ease tensions had been taken. Badly shaken by their nearness to disaster during the Cuba Missile Crisis, Kennedy and Khrushchev had installed a hotline (in reality a teletype line connecting the Whitehouse and the Kremlin, so that both leaders could act quickly to diffuse crises). They also agreed on a Partial Test Ban Treaty, moving test detonations of nuclear weapons underground, which did something to reduce atmospheric radioactive contamination from such tests. Furthermore they agreed not to station nuclear missiles in space or on the seabed, which neither had the technology to do anyway. Also, to prevent those countries that did not already possess nuclear weapons gaining them, in 1968 the Non Proliferation Treaty was signed. By this, nations who either lacked the technology or the desire to own them, agreed not to build nuclear weapons and to allow international inspection of their nuclear facilities – providing, that is, that the nuclear powers undertook to completely disarm at the earliest opportunity. Other nations who had (or hoped to gain) the technology, and had the will, such as North Korea, Israel, Pakistan and India, either refused to sign or subsequently withdrew from it. All soon gained nuclear weapons that threatened to begin regional arms races.

But a solid agreement between the two main Cold War protagonists limiting the stockpiles of nuclear weapons proved very difficult to find. President Eisenhower, in 1955, had urged an agreement on ‘open skies’. By this, both sides would be free to over-fly each other’s military bases. This would allow the verification that both were adhering to a future arms control agreement. The Soviets promptly rejected the idea. They did not possess the aircraft to over-fly US bases, and saw it as an American attempt to legitimise spying. To the Americans, strict verification of Soviet compliance remained fundamental to any agreement. Herein lay a basic problem. Both sides were convinced of their own moral superiority. It was the other side who could not be trusted, and they reacted with astonished outrage when their own good intentions were questioned.

But simply building ever more weapons was futile, costly and dangerous. By 2000 it is thought that there had been over 30 ‘broken arrows’, or accidents involving nuclear weapons, and perhaps six warheads had been lost at sea and never recovered. Also during the 1960s a new technological development arose that threatened whatever stability MAD offered. This came from the Anti-Ballistic Missile (ABM) system. This defensive system was designed to intercept and destroy ICBMs in flight. Despite being in its infancy and having very limited reliability, it might tempt a reckless leader to gamble on surviving retaliation and launch a surprise attack. Deterrence would only work if it was mutual, and if both sides were sure the other could not survive a nuclear exchange. Yet ABM would require sophisticated radar systems and its missiles would have to be deployed in huge numbers to defend a nation, and it promised to be impossibly expensive. It would also result in a new surge in constructing missiles in order to have the ability to swamp the enemy ABM system. By 1967 therefore US president Lyndon Johnson and Soviet premier Alexey Kosygin were ready to open negotiations.

The American position was that both sides should agree to abandon ABM systems, so that both would remain defenceless and deterrence would continue to be mutual. This was not easy for the Soviet negotiators to accept. They felt they had a duty to defend their citizens, and that defensive weapons were moral, while offensive weapons were immoral. It took five years to negotiate the first Strategic Arms Limitation Treaty (SALT I). The United States and the Soviet Union agreed to limit themselves to two ABM sites each, when there was only one, around Moscow, in existence. This was subsequently reduced to one each, and the Soviets chose to defend Moscow, while the Americans defended an ICBM site. It was further agreed there would be no new land-based ICBMs beyond agreed numbers and no new missile submarines beyond those under construction.

Superficially this might have seemed a considerable step forward, but the agreement was reached as newer technology was being deployed. With the introduction of Multiple Independentlytargeted Re-entry Vehicles (MIRV), a single missile could carry several warheads and attack several separate targets – up to 12 in the case of some American missiles. There was no limit on modernising or replacing existing missiles to carry MIRV (and later MARV, or Manoeuvrable Re-entry Vehicle, which could change target in flight.) In fact SALT I allowed for a major expansion of nuclear weapons, and the signing of SALT II in 1979, which was ultimately to lead to a limit of 2,250 delivery systems (missiles, aircraft and submarines), did little to alter this. Even then the US Congress refused to ratify the latter Treaty, arguing that the Soviet Union had gained too much advantage in the agreement. Both sides, however, indicated they would adhere to the terms, as long as the other did. Even then, the development of cruise missile technology, which produced cheap, easily transportable and concealable weapons, opened new problems for verification measures.

Excesses of the Nuclear Arms Build-Up

The question addressed by peace campaigners, of how much deterrence was needed, was addressed by government and military institutions on both sides. An American study considered how many 100 megaton thermonuclear weapons would be needed to utterly destroy the Soviet Union. It found that after 400 or so detonations there would be nothing left worth attacking. Further detonations would be ‘making the rubble bounce’, or targeting isolated shepherds. Unquestionably the Soviets performed a similar study and reached a very similar conclusion. Of course the situation was a little more complicated. Some missiles would be destroyed in a surprise attack. Others would be intercepted or simply miss their targets. Others would fail to launch or be undergoing routine servicing. A degree of redundancy was needed, say four-fold. By this logic, neither side needed to go beyond the expense and inherent risks of producing more than 1600 warheads. But by 1985 the United States could deliver nearly 20,000 and the Soviet Union well over 11,000. Why did such an irrational state of affairs come about?

From the 1970s there was a considerable amount of research studying this question, and a number of factors have been suggested that might explain this degree of overkill. One is the competition between and within the armed services of a state. Any major arms programme carries with it prestige and resources and also secures careers for the service responsible for it. With nuclear weapons obviously intended as the mainstay of American defence strategy for decades, if not generations to come, all services campaigned to win a role in their deployment. Thus the United States Navy insisted on the superiority of the SLBM to prevent the United States Air Force gaining a monopoly over missile deployment. The United States Army, for its part, clamoured for battlefield nuclear weapons so as not to be excluded. Also within the army, for example, different sections demanded either nuclear artillery shells or ground launched cruise missiles.

All services lobbied government for a larger slice of the pie. But this does not necessarily explain why the size of the pie kept growing. Governments were not obliged to concede every demand made upon them by their own military. A similar argument can be used when addressing the issue of bureaucratic politics, where a similar process of competition for the resources, prestige and careers made available by the arms race existed between government agencies and departments.

Another possible factor explaining the nuclear build-up lies within the nature of the political and social systems involved. The fears and uncertainties of a nation can be exploited. Governments, it has been suggested, used the arms race to fuel fears of a foreign threat to enhance patriotism, national unity and their own authority. The arms race could be seen as a cynical exercise in social control. Both Soviet and American observers often accused their Cold War opponents of such squalid motives. But it remains a conspiracy theory based on intuition rather than fact, and should be treated with considerable caution.

A similar degree of caution should be used when ascribing the arms race to the military-industrial complex. This assumes that the arms manufacturers have a common interest in fostering a climate of fear to increase sales to the military. They are assumed to foster moral panics of the kind that followed the launch of Sputnik, so that the public will clamour for military expansion.

In the United States most major weapons systems are produced by about eight large corporations. Between them they represent a huge investment in productive capacity and expertise. They are seen as vital and irreplaceable national assets, and cannot be allowed to go bankrupt. If in trouble, the US government will always be tempted to bail them out with hefty orders. Also, within research laboratories, the development of new weapons had become the norm, and the arms race had developed a measure of organisational momentum. They represent great investments that make it difficult to justify halting. But how does this work in the Soviet Union, where the profitability of arms manufacturers was no great issue?

Electoral politics can, perhaps, supply another explanation. The claim that the nation was in danger, and that the incumbent administration was imperilling the United States by allowing a ‘missile gap’ to develop was certainly used to great effect by Kennedy in the 1960 presidential elections. It was a simple message, easily grasped by the electorate, accompanied by a simple solution – spend more money on defence. Once in office Kennedy found there was no ‘missile gap’, but expanded America’s missile forces in part, at least, to prevent a future opponent levelling similar accusations against him. At a lower level, congressmen of constituencies where warships, for instance, are constructed will constantly stress the Soviet naval threat. The more warships built, the more local jobs, and the more votes that might be won. This is perhaps a more convincing argument. But how could it be applied to the Soviet Union? As an explanation it is at best only partial.

Also, it is simply logical to respond to the actions of a potential enemy to negate any possible advantage they might gain. Thus if deterrence was to be the strategy, then the risk posed by ABM needed to be countered by MIRV and then MARV, to swamp or outfox it. Furthermore there was always the tantalizing possibility that research might find the ultimate weapon, or the impenetrable defence. As the arms race progressed the chances of this happening became increasingly unlikely. But could a state take the risk of ignoring the possibility? When in 1983 Reagan unveiled his Strategic Defence Initiative (SDI), which envisaged a network of orbiting lasers, particle beams and intercepting darts to destroy ICBMs in flight, it was widely treated with derision in the United States, where the press jeeringly referred to it as ‘Star Wars’, after the science fiction film. But could the Soviet Union afford to assume it would never work and ignore it? It certainly caused Soviet leader Mikhail Gorbachev considerable anxiety.

Added to this was the simple fact that, in the arms race, the United States had the much stronger economy. Part of the logic of proceeding with SDI was that, eventually, the arms race would cripple the Soviet economy. This is in fact what was happening. By the 1980s the strain of keeping abreast in the arms race was causing unsustainable strains on the Soviet Union, paving the way for a complete re-alignment of East-West relations.

A final, perhaps even more attractive, point comes if the arms race is viewed as a measure of political will. The fact that it existed was not necessarily a sign that war must come, but simply proof that both sides were competing. It might even be seen as a relatively low risk form of competition. Competing by building weapons is, after all, a much better than competing by using them. But it must be said, even from such a perspective, had some error or mishandled crisis ever led these weapons to be used, the consequences for the world would have been too terrible to contemplate. Arguably by confining their competition to the sports field, or not competing at all, both sides would have served humanity far better.


Zombies

I've always liked Zombies, but this is the first time in a while that I've felt like I actually learned and improved after each run. A big part of that is the map design--Die Maschine is just the right size, with enough room that everyone can kite their own crowd of zombies but small enough that it doesn't take ages to learn the map basics. It only took a handful of runs to figure out which doors to unlock and when, how to get the power on, and how to unlock the Pack-a-Punch machine once we found a rhythm for the opening rounds, we could just focus on getting better and surviving longer.

However, while the learning curve is manageable, the difficulty curve could use some tweaks. It ramps up rapidly after round 10, as base weapons start to get less and less effective. On top of upgrading weapons at the Pack-a-Punch machine using points, you also have to upgrade their damage tier separately using salvage, which drops from zombies at random. Salvage is very rare compared to points, so you'll end up packing a weapon twice before round 20 but unable to upgrade its damage tier to match. Your ability to do damage can stall out as a result.

The inclusion of damage tiers on top of the traditional Pack-a-Punch makes upgrading a weapon a bit more convoluted than it really needs to be. Salvage is also used to upgrade your armor and craft equipment like grenades, meaning you often have to decide between upgrading a weapon or something else. It's a mechanic that's really in need of balancing--even with a weapon attachment that's supposed to increase the rate of salvage drops, I still struggle to get enough to do everything I need to do.

There are also radioactive bosses that join the normal zombie horde every few rounds, which exacerbates this issue. These bosses are really spongy, they eat a lot of bullets, and they survive between rounds. By round 20, we end up spending a good amount of our points at ammo crates just to keep up. Because packing a weapon the final time costs a whopping 30,000 points, it's difficult to save up enough points to get the final upgrade, let alone survive long enough without the damage boost you'll get from it. It's even harder once the game throws three of them at you at once.

The bosses themselves challenge you to coordinate with your team, though, and we found some success by kiting a lone zombie around the map while we dealt with the bosses. Delaying the start of a new round this way isn't a new strategy for Zombies, of course, but it's still satisfying to execute, especially while dodging radioactive projectiles and trading off runs to the ammo crates. It's just that the boss rounds occur too close together to give you and your team room to breathe.

Die Maschine is just the right size, with enough room that everyone can kite their own crowd of zombies but small enough that it doesn't take ages to learn the map basics.

The biggest issue plaguing Zombies at the moment, though, is a bevy of server and matchmaking hiccups. I spend 10-15 minutes just troubleshooting matchmaking before my team and I can actually start playing, and it's not uncommon for one person to randomly error out right as the run is starting. I've experienced this both when utilizing cross-play and when playing with only PS5 players. We've also had both PS5 and Xbox Series X players experience hard crashes that completely shut off their systems. Technical issues like these are forgivable in the grand scheme, considering Cold War is cross-gen on top of allowing cross-play y launched in the middle of a pandemic. Still, it's worth noting that there are still a lot of issues to be ironed out.

It's reasonable to expect updates to Cold War at a steady clip. Weapons will be tweaked, issues will be patched, and gameplay will be balanced. Zombies has a strong foundation and may very well be improved further by potential updates, but the gap between multiplayer and the Warzone ecosystem is too wide to be bridged by small tweaks. Zombies is a good co-op time overall, but multiplayer falls flat, leaving the strong campaign to do most of the heavy lifting.

Call of Duty: Black Ops Cold War is featured on our list of the best split-screen PS4 games.


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